Al salir del metro todas las mañanas sigo por la acera de la izquierda para bajar por mi calle (que también es la tuya) hacia mi destino. En cuanto veo la esquina en la que se cruzan ambas calles no puedo evitar contar tres pisos con la cabeza y fijarme en la ventana de la derecha, cerrada incluso en verano. Sabiendo que no se abrirá hasta dentro de mucho tiempo, no puedo evitar buscarte con la mirada cuando ando cerca de tu portal. Pero siempre resulta inútil. Aunque sé que te has ido y que ya no hay luz en tu ventana, yo trato de encender la mía para que cuando vuelvas sepas que sigo aquí.
Sin embargo, ambos sabemos que las cosas no ocurrirán así, puesto que nuestros planes de futuro no incluyen al otro aunque siempre tengamos un hueco. A pesar de no formar parte de mis proyectos sería capaz de mantener esa luz encendida hasta verte aparecer por la puerta sin remordimientos ni prohibiciones. Hace tiempo que tengo la puerta entreabierta para oírte llegar y saber que sigues bien. Pero sé que ninguno de los dos se levantará para abrirla o cerrarla porque el saber que el otro sigue cerca siempre es una buena noticia.
Sin embargo ahora, aunque abriera mi puerta y dejara mi luz encendida, no sabrías que sigo bien, y lo que más me asusta es que no eches de menos mi luz, que te acostumbres a dormir con la puerta cerrada y que ya no haya más luz en tu ventana.
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