Volverás a aparecer con tu maleta azul y yo estaré esperando, viendo ese caminar tan tuyo con el ligero arqueo de tus piernas que andan con prisa para encontrarme. Esta vez, y desde hace ya tiempo, la maleta azul no llevará nada de lo que llevaba antes; esta vez únicamente estará repleta de ropa y otras cosas materiales útiles para pasar unos días fuera de casa. Parece que no queda sitio para recuerdos bellos porque se esfumaron. Tampoco caben las canciones, las miradas, las mariposas en el estómago ni la caja de madera pequeña que contenía aquel sentimiento puro, blanco, dulce y brillante como el azúcar que tanto me había amargado años atrás. Nada de esto entrará en tu maleta porque ambos nos encargamos de enterrarlo: eso de sentir que no controlamos la situación nos incomoda a los dos.
Por eso hemos pasado de ser dos cajitas de azúcar intercambiadas y guardadas como tesoros, a ser un trámite, una espera a que tiempos mejores nos vuelvan a traer esas cajitas. Sin embargo este trámite es cada vez más inútil si tenemos en cuenta que nadie nos va a traer esos recuerdos y esa indondiconalidad mutua porque ya no la precisamos. El azúcar siempre se acaba pudriendo porque la distancia no entiende de cuidado ni de cariño. A cada viaje de avión se nos pierde una parte del equipaje que llevamos hasta que los trayectos nos despojan de la ilusión del primer día y nos dejan como meros autómatas que siguen sonriendo al ver la cara del otro por costumbre y porque el miedo a no sentirse querido es mayor de la desgana.
A pesar de la situación, prefiero agotar todas las reservas de cariño que siento por ti y todos los te quiero que puedan salir de mi boca porque, si los guardara después de decirte adiós, se podrirían hasta gangrenarme la sonrisa y apagar esas dos estrellas que tú devolviste a mi cara después de una muerte prematura de mi felicidad.
Por eso prefiero sonreír porque toca antes que no querer hacerlo en mucho tiempo, así, esa sonrisa "diplomática" se gastará hasta no necesitarla nunca más y entonces ni tu maleta ni la mía perderán nada más en ningún viaje porque ya no llevarán nada.
Por eso hemos pasado de ser dos cajitas de azúcar intercambiadas y guardadas como tesoros, a ser un trámite, una espera a que tiempos mejores nos vuelvan a traer esas cajitas. Sin embargo este trámite es cada vez más inútil si tenemos en cuenta que nadie nos va a traer esos recuerdos y esa indondiconalidad mutua porque ya no la precisamos. El azúcar siempre se acaba pudriendo porque la distancia no entiende de cuidado ni de cariño. A cada viaje de avión se nos pierde una parte del equipaje que llevamos hasta que los trayectos nos despojan de la ilusión del primer día y nos dejan como meros autómatas que siguen sonriendo al ver la cara del otro por costumbre y porque el miedo a no sentirse querido es mayor de la desgana.
A pesar de la situación, prefiero agotar todas las reservas de cariño que siento por ti y todos los te quiero que puedan salir de mi boca porque, si los guardara después de decirte adiós, se podrirían hasta gangrenarme la sonrisa y apagar esas dos estrellas que tú devolviste a mi cara después de una muerte prematura de mi felicidad.
Por eso prefiero sonreír porque toca antes que no querer hacerlo en mucho tiempo, así, esa sonrisa "diplomática" se gastará hasta no necesitarla nunca más y entonces ni tu maleta ni la mía perderán nada más en ningún viaje porque ya no llevarán nada.

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