Salgo del metro y me planto en el centro del país. Turistas por todas partes buscan la típica España. Hago caso ajeno y sigo mi camino. Ese gran neón de publicidad conocido por todos queda a mi espalda y las calles comerciales, a mi derecha. Camino como si estuviera en mi casa. Sé lo que encontraré en cada momento y en cada lugar. Un restaurante de comida rápida a la izquierda, varias tiendas de souvenirs a los dos lados, un museo del jamón a la derecha y un señor vestido de torero cerca de la tienda de chocolates belgas.
Luego, un arco presenta una pequeña parte de ese bello lugar histórico que consigue embelesarme. Lo atravieso embobada mientras dejo de oír las voces de los turistas, llegados de lugares diferentes. Y ahí, en mitad de los restaurantes para turistas, de los bufones y estatuas que entretienen a los que pagan, me encuentro yo: callada pero con la boca abierta, con los ojos empañados de recuerdos y ese color granate por todas partes. Miro las caras de todos los que están cerca de mi. Ninguno eres tú.
Algo me impide caminar y dejar este lugar mágico. Me resulta encantador encontrar la paz en mitad de tanto jaleo y me duele no verte entre tanta gente. Dejo atrás tan bella plaza y me dirijo al mercado que está justo al lado. También te busco ahí; en vano. El calor del verano, las terrazas repletas de gente hablando alto y los culitos de cerveza encajan perfectamente en esa pequeña plaza. Y tú, sigues sin aparecer.
Dejo el mercado y el jaleo de media tarde y llego a una calle peatonal llena de tiendas. ¡Cuántas veces hamos pasado por aquí! Te busco aquí con más ahínco pero sigues sin aparecer. Me cansa esta ciudad sin ti. Bajo las escaleras del metro, línea 5. Quiero perderme entre la gente. Busco una calle ancha llena de turistas y gente: una Gran Vía. Salgo del metro y me pongo a mirar escaparates, con la ropa olvido que te busco y que tengo ganas de verte aunque no sé qué decir. Me pruebo cuatro tonterías sin comprar nada. Dejo los cines a mi espalda. A mi derecha, la calle de las putas.
Andando a paso ligero me presento bajo la bella victoria alada que vigila el hermoso cruce de dos de las arterias del centro. A la derecha un círculo, viejo conocido, con la gran Atenea velando por el cielo de Madrid. Delante, una pequeña representación de mi casa. Y a la izquierda un imponente pero hermoso Instituto Cervantes. Después de unos cuantos pasos, un enorme edificio de correos que no consigue hacer sombra a la diosa más castiza. Una avenida hacia el sur con mucho arte; otra hacia el norte, repleta de recuerdos.
Me entra la nostalgia. Te siento, te recuerdo en cada rincón, pero no te veo por ningún lado. Entre la decepción y la añoranza, me dirijo hacia esa puerta que ve pasar el tiempo y me acerco al parque. Voy a sentarme y a echarte de menos bajo la sombra de un árbol. Sienta muy bien esconderme detrás de un libro y no ver nada más que nuestros cuerpos tumbados en el césped de este mismo parque, hace mucho tiempo. Me levanto harta de la lectura y busco más recuerdos. Un bucólico palacio de cristal lleno de parejitas y familias me recuerda a ti. Te busco con la mirada entre la gente, pero sigues sin aparecer.
No dejo de buscarte en todas partes pero no tengo valor para encontrarte porque temo tener ganas de ti, ahora que ya no estás. Madrid es solo una ciudad si tú no estás y un paseo en soledad buscándote me deja sin ganas de seguir andando. Me siento en el césped y, aunque no estás, tengo ganas de ti.
Luego, un arco presenta una pequeña parte de ese bello lugar histórico que consigue embelesarme. Lo atravieso embobada mientras dejo de oír las voces de los turistas, llegados de lugares diferentes. Y ahí, en mitad de los restaurantes para turistas, de los bufones y estatuas que entretienen a los que pagan, me encuentro yo: callada pero con la boca abierta, con los ojos empañados de recuerdos y ese color granate por todas partes. Miro las caras de todos los que están cerca de mi. Ninguno eres tú.
Algo me impide caminar y dejar este lugar mágico. Me resulta encantador encontrar la paz en mitad de tanto jaleo y me duele no verte entre tanta gente. Dejo atrás tan bella plaza y me dirijo al mercado que está justo al lado. También te busco ahí; en vano. El calor del verano, las terrazas repletas de gente hablando alto y los culitos de cerveza encajan perfectamente en esa pequeña plaza. Y tú, sigues sin aparecer.
Dejo el mercado y el jaleo de media tarde y llego a una calle peatonal llena de tiendas. ¡Cuántas veces hamos pasado por aquí! Te busco aquí con más ahínco pero sigues sin aparecer. Me cansa esta ciudad sin ti. Bajo las escaleras del metro, línea 5. Quiero perderme entre la gente. Busco una calle ancha llena de turistas y gente: una Gran Vía. Salgo del metro y me pongo a mirar escaparates, con la ropa olvido que te busco y que tengo ganas de verte aunque no sé qué decir. Me pruebo cuatro tonterías sin comprar nada. Dejo los cines a mi espalda. A mi derecha, la calle de las putas.
Andando a paso ligero me presento bajo la bella victoria alada que vigila el hermoso cruce de dos de las arterias del centro. A la derecha un círculo, viejo conocido, con la gran Atenea velando por el cielo de Madrid. Delante, una pequeña representación de mi casa. Y a la izquierda un imponente pero hermoso Instituto Cervantes. Después de unos cuantos pasos, un enorme edificio de correos que no consigue hacer sombra a la diosa más castiza. Una avenida hacia el sur con mucho arte; otra hacia el norte, repleta de recuerdos.
Me entra la nostalgia. Te siento, te recuerdo en cada rincón, pero no te veo por ningún lado. Entre la decepción y la añoranza, me dirijo hacia esa puerta que ve pasar el tiempo y me acerco al parque. Voy a sentarme y a echarte de menos bajo la sombra de un árbol. Sienta muy bien esconderme detrás de un libro y no ver nada más que nuestros cuerpos tumbados en el césped de este mismo parque, hace mucho tiempo. Me levanto harta de la lectura y busco más recuerdos. Un bucólico palacio de cristal lleno de parejitas y familias me recuerda a ti. Te busco con la mirada entre la gente, pero sigues sin aparecer.
No dejo de buscarte en todas partes pero no tengo valor para encontrarte porque temo tener ganas de ti, ahora que ya no estás. Madrid es solo una ciudad si tú no estás y un paseo en soledad buscándote me deja sin ganas de seguir andando. Me siento en el césped y, aunque no estás, tengo ganas de ti.
