Thursday, May 16, 2013
Dejarme ganar
Quererte con todas las letras
Wednesday, July 04, 2012
Por eso nunca he salido a buscarte y siempre me he quedado en el sitio viéndote marchar. Luego, los tres días que siguen a uno de nuestros encuentros, son días como los del sol de medianoche en el norte: estás ahí incluso cuando no quiero que estés. Son días de lágrimas dulces y sonrisas entre llantos.
Quizás esta vez tarde más en volver a la normalidad porque, en vez de vivir con tu recuerdo, tendré aprender a no sonreír y a no llorar cuando me vengan a la mente nuestras conversaciones, nuestras caricias o nuestras sonrisas de buenos días.
Como toda despedida, esta es triste. Pero a diferencia de otras, esta no es amarga, a pesar de tratarse de un adiós y no de un hasta pronto o de un "ya nos veremos". De todos estos recuerdos sellados con un adiós, solo pueden salir sonrisas y ese brillo en los ojos que sale cuando te veo llegar y cuando te recuerdo. Y, aunque nunca llegaras a pasar de la puerta de entrada, te echaré de menos en cada habitación de mi memoria. Sin embargo, creo que lo más difícil es echar de menos a alguien que nunca estuvo del todo aquí. Nos acostumbramos a una situación que suele durar semanas y nosotros la alargamos durante años. Y ese "no sé qué" no se definió por miedo a perder lo poco que nos disfrutábamos el uno al otro.
Y aunque ya me esté arrepintiendo de haberte dejado marchar, créeme que renunciar a ti no es un acto de valentía como tú dijiste: es más bien todo lo contrario. Te he dejado marchar porque me daba miedo salir corriendo tras de ti y pedirte que te quedaras conmigo aunque solo fuera para revolver mi mundo en una noche.
Thursday, March 08, 2012
ya nos veremos
Me despiertan los turistas madrugadores que pierden el avión. Trajín en el pasillo y voces desconocidas. Te oigo respirar y recuerdo dónde estoy y cómo llegué aquí. Duermes plácidamente a unos centímetros de mí. A pesar de conocerte desde hace tiempo, nunca te había tenido así, durmiendo a mi lado. No puedo verte, pues es de noche y no hay nada de luz, pero te oigo y sonrío.
Me pongo a pensar en todo lo que nos ha llevado a compartir habitación, cama, secretos y algún que otro sentimiento. Son seis años de un no sé qué, que solo ha hecho que aumentar hasta traernos a este lugar. Me doy cuenta de que nunca llegaste a entrar, pero nunca te fuiste del todo: te quedaste ahí, en una especie de limbo entre el sí y el no del que nunca te has movido.
Tengo ganas de acariciarte pero me da miedo despertarte. Te miro y vuelvo a sonreír. Me descubro a mí misma sonriendo como una tonta al ver que duermes junto a mí. Me gustaría tener derecho a estar entre tus brazos sin ningún pero y no quedarme en la cama de al lado porque conmigo no es necesario el romanticismo. Desearía poder escuchar tus buenos días sin que fuera la última vez.
Sí, es la última vez que esto ocurrirá. Así que no quiero olvidar que tus primeras palabras al abrir los ojos son solo para mí. Y aunque sea solamente por esto, ya merece la pena este encuentro, que acabará con un “ya nos veremos” tan indefinido, que me quema por dentro.
Se intensifica el ruido y te despiertas. Quiero abrazarte y darte los buenos días. En un acto inconsciente de valentía te pido que me hagas un hueco y me abrazo a ti. Y por un momento siento que nada malo puede pasarme si me abrazo a ti y saboreo cada segundo que mi cuerpo toca el tuyo para no perder detalle de esto cuando lo recuerde. Me vuelvo a dormir, esta vez entre tus brazos y oigo como sueñas, como lates y como respiras.
Tantas veces deseé que llegara este momento que ahora solo quiero que se pare el tiempo y que estas horas de locura prohibida sean eternas. Por eso me cuesta salir de la cama cuando me dices que tienes tantas cosas que hacer. Me levanto de un salto a pesar de mi cansancio y me visto como si nada hubiera pasado, como si no fuera la mujer más feliz de la tierra. Me maquillo y nos vamos a desayunar.
¡Qué curiosa escena! Dos cafés, dos pastas, dos periódicos y silencio. Sin entender muy bien por qué, los últimos minutos de nuestra “última vez”, me relajo leyendo el periódico delante de ti, como si esto sucediera a menudo; y me siento increíblemente cómoda hasta que tenemos que irnos. Es entonces cuando intento alargarlo todo lo posible y me subo en tu moto para que me lleves a casa. Y es a la hora de despedirnos cuando se me cae el alma a los pies viendo cómo te marchas después de haberme dicho “ya nos veremos”.
Friday, February 24, 2012
Como siempre
Friday, July 29, 2011
ganas de ti
Luego, un arco presenta una pequeña parte de ese bello lugar histórico que consigue embelesarme. Lo atravieso embobada mientras dejo de oír las voces de los turistas, llegados de lugares diferentes. Y ahí, en mitad de los restaurantes para turistas, de los bufones y estatuas que entretienen a los que pagan, me encuentro yo: callada pero con la boca abierta, con los ojos empañados de recuerdos y ese color granate por todas partes. Miro las caras de todos los que están cerca de mi. Ninguno eres tú.
Algo me impide caminar y dejar este lugar mágico. Me resulta encantador encontrar la paz en mitad de tanto jaleo y me duele no verte entre tanta gente. Dejo atrás tan bella plaza y me dirijo al mercado que está justo al lado. También te busco ahí; en vano. El calor del verano, las terrazas repletas de gente hablando alto y los culitos de cerveza encajan perfectamente en esa pequeña plaza. Y tú, sigues sin aparecer.
Dejo el mercado y el jaleo de media tarde y llego a una calle peatonal llena de tiendas. ¡Cuántas veces hamos pasado por aquí! Te busco aquí con más ahínco pero sigues sin aparecer. Me cansa esta ciudad sin ti. Bajo las escaleras del metro, línea 5. Quiero perderme entre la gente. Busco una calle ancha llena de turistas y gente: una Gran Vía. Salgo del metro y me pongo a mirar escaparates, con la ropa olvido que te busco y que tengo ganas de verte aunque no sé qué decir. Me pruebo cuatro tonterías sin comprar nada. Dejo los cines a mi espalda. A mi derecha, la calle de las putas.
Andando a paso ligero me presento bajo la bella victoria alada que vigila el hermoso cruce de dos de las arterias del centro. A la derecha un círculo, viejo conocido, con la gran Atenea velando por el cielo de Madrid. Delante, una pequeña representación de mi casa. Y a la izquierda un imponente pero hermoso Instituto Cervantes. Después de unos cuantos pasos, un enorme edificio de correos que no consigue hacer sombra a la diosa más castiza. Una avenida hacia el sur con mucho arte; otra hacia el norte, repleta de recuerdos.
Me entra la nostalgia. Te siento, te recuerdo en cada rincón, pero no te veo por ningún lado. Entre la decepción y la añoranza, me dirijo hacia esa puerta que ve pasar el tiempo y me acerco al parque. Voy a sentarme y a echarte de menos bajo la sombra de un árbol. Sienta muy bien esconderme detrás de un libro y no ver nada más que nuestros cuerpos tumbados en el césped de este mismo parque, hace mucho tiempo. Me levanto harta de la lectura y busco más recuerdos. Un bucólico palacio de cristal lleno de parejitas y familias me recuerda a ti. Te busco con la mirada entre la gente, pero sigues sin aparecer.
No dejo de buscarte en todas partes pero no tengo valor para encontrarte porque temo tener ganas de ti, ahora que ya no estás. Madrid es solo una ciudad si tú no estás y un paseo en soledad buscándote me deja sin ganas de seguir andando. Me siento en el césped y, aunque no estás, tengo ganas de ti.
Wednesday, May 25, 2011
Poitiers
Tal vez lo que más me impresiona de ti es tu dulce hostilidad: si fueras una persona, serías una mujer bella con carácter que no se deja toser por nadie y por eso me gustas. Eres fría en invierno y me derrites en primavera, abrupta y difícil de pasear, pero bella a más no poder. Por eso me encantaba descubrirte, ver como te vaciabas con la nieve y como te disfrutábamos con el sol.
Recuerdo con especial cariño tus colores otoñales: fueron 3 semanas de moisaicos rojizos y anaranjados que acompañaban tus frías aguas. Recuerdo también los domingos desiertos en la plaza buscando algo que hacer o las noches de fiesta: siempre el mismo bar y la misma gente. Eso hizo que tú fueras mi casa y que ellos fueran mi familia.
Volvería sin pensarlo dos veces a tus cuestas, a tus casitas de colores y a tus calles desiertas. Daría mis ganas de sonreír por poder habitarte de nuevo porque sé que no podría ser infeliz en tu regazo ducle, frío y hostil. Te pasearía hasta que me aburrieras y me quedaría contigo porque tú haces que me sienta en casa. Y aunque no tengas mar, ni metro ni ruido excesivo, eres más bella que cualquier otra.
Wednesday, March 09, 2011
Barcelona+tú
Sin embargo, habrá un día en que todo esto terminará, por eso valoro ese último beso en el parque, porque no sé si habrá otro. En cuanto eso ocurra, dejarás de deambular libremente por mis pensamientos y te quedarás con los recuerdos más bellos. No te preocupes: no habrá polvo en esa habitación, ni vida ni luz ni nada más que bellos recuerdos que deben quedar inmaculados, tal y como sucedieron en su día, sin enturbiarse lo más mínimo. En esa habitación habrá una Barcelona de noche y de verano, una Barcelona adolescente y un trozo de Londres soleado. También meteré las ganas que un día tuve de cruzar el límite de los sentimientos: esa pequeña muralla que tenía que ser una barrera de seguridad y que terminó siendo una tentación, un juego peligroso en el que tenía un pie en cada lado y que me permitía sentir sin decírselo a nadie.
Ese es tu destino. Aunque volvamos a vernos y a jugar a no sentir sintiendo, solo añadiré Barcelonas a tus recuerdos.
