Thursday, May 16, 2013

Dejarme ganar


Cuando esos ojitos rasgados me miran de cerca, me dejan desprotegida, vulnerable ante ti, temiendo tu indiferencia. Será el azul oscuro que rodea tus pupilas, el que me embelesa y me deja sin palabras, o tal vez sea esa mirada que cuenta más de lo que tú querrías.

Te difuminas con el barullo de las risas ajenas y el ir y venir de las copas. Y solo de vez en cuando veo que tus ojos me buscan y tú me sonríes sin decir nada. Mi orgullo te devuelve la sonrisa a regañadientes y me baja la mirada; y es que, a pesar de querer corresponderte, me aterra que sepas el efecto que ese gesto produce en mí. Me protejo de tu mirada con el humo del tabaco y sigo charlando como si no estuvieras, pero sin dejar de verte. Pienso en las ganas que tengo de quedarme a solas contigo por un capricho del azar y me da miedo no saber qué decir. Yo, locuaz y habladora, temo quedarme sin palabras por miedo a decir banalidades.

Cuando terminan las risas, tus ojos me encuentran y empiezas a hablarme. Sonríes de esa manera tan tuya: aprietas los labios y tus ojos se entornan sin dejar de brillar. Y yo, indefensa, te devuelvo mi sonrisa más sincera, que también cuenta más de lo que yo quiero decir. “Por fin, un momento solos”, pienso. Tu cara parece decir lo mismo cuando te acercas a mí y me invitas a una copa. Tras un roce breve, una sonrisa y un trago de vino me propones que me quede esta noche. Es entonces cuando me maldigo porque tu sonrisa me ha ganado la batalla de esta noche, porque de mi boca ya no puede salir un no.

Una vez perdida la batalla me entrego a ti y me pierdo entre tus brazos. Tú me miras a los ojos y te hundes en mí, sabiendo que no opondré ninguna resistencia al dulce peso de tu cuerpo sobre el mío. Es entonces cuando se produce ese combate cuerpo a cuerpo. Nuestro particular uno contra uno desentierra la batalla y, de la manera más contradictoria, nos unimos mientras luchamos por no caer en las garras del otro: una nueva guerra cariñosa y violenta que mezcla mis ganas y mis miedos y nuestra batalla particular para gustar más al otro. Tras apuntarse cada uno una victoria, me besas y me dejo ganar. Me proteges con el calor de tus brazos y me duermo tranquila, pensando que no me puede ocurrir nada, y obviando que el que me protege solo está de paso.

El sol y los pájaros nos despiertan. Con la luz que entra por la ventana me doy cuenta de que eres pecoso. Tentando a la suerte, miro como duermes e intento no sonreír. Tú me abrazas y sonríes, a pesar de ser de los que se levantan de mal humor. De nuevo me rescata el orgullo y me invento mil cosas que hacer; me quedaría en esa cama todo el día pero me iré en cinco minutos.

Al cruzar la puerta de la calle vuelvo a la normalidad y cuento los días para volver a dejarme ganar.

Quererte con todas las letras


Algún día te gritaré lo que nunca me he atreví a susurrarte. Desenterraré nuestras caricias extraviadas y todas esas palabras bonitas que guardé para cuando quisieras escucharlas. Desnudaré todos mis silencios acumulados, que acallarán tu dulce desconcierto. Te oiré rechistar, como al más bello de los gruñones, y besaré todas y cada una de tus quejas. Y tú volverás a mirarme con esa carita de pena que sustituye a cualquier palabra.

Ese día saldré a buscarte a mi manera: abandonaré tus dudas y las mías en la cuneta del no, y dejaré que mis ganas acaben con todos tus peros. Recorreré tus miedos con mis labios y, con una caricia, mimaré todos tus defectos, que para mí siempre fueron virtudes mal entendidas. Y tú, sabiendo lo que nos espera después, por fin expresarás todo lo que nunca me susurraste: harás una excepción, porque ambos sabemos que mi sitio no está con tus susurros. Será entonces cuando nuestros silencios hablen por nosotros. Nos quedaremos callados mirando a un punto impreciso de la habitación, viendo pasar el tiempo y evitaremos las palabras que hacen efectivo este adiós. Rindiéndonos a una evidencia aplastante nos daremos un último adiós. Yo contaré tus lunares por última vez y tú te dejarás querer con todas las letras, como si lo nuestro fuera real.

Al día siguiente, despertaré a tu lado con la luz del sol bañándonos de primavera: sin duda el más bello de los despertares. Nos besaremos como si fuera una mañana cualquiera. Pero no lo será. Mientras duermas, recogeré todos mis pedazos y llenaré una maleta con cristales rotos. Y con una vana esperanza de que vuelvas a por mí, te dejaré ahí, indiferente, frío y hermoso, como has sido siempre. Me alejaré difuminando tu imagen con los ojos empapados y saldré de tu vida cerrando por fuera. Luego me esconderé en otros ojos, menos azules, que tendrán la paciencia de volver a pegar todos mis pedazos.

Wednesday, July 04, 2012

Te odio por no poder quererte.
Te odio por tu falta de valor.
Te odio por mi exceso de obediencia.
Te odio porque nunca estás del todo y porque nunca acabas de irte.
Te odio porque no me dejas sentir.
Te odio porque no te dejas sentir.
Te odio por no estar cuando te necesito y por no estar cuando quiero verte.
Te odio por desaparecer con preaviso.
Te odio por aparecer de repente.
Te odio por desaparecer sin más y por no dar señales de vida.
Te odio porque tu sonrisa me deja sin aliento
Te odio porque la mía te da igual.
Te odio porque vives en Barcelona.
Te odio porque yo me iré.
Te odio porque generas en mí ganas de verte y ganas de olvidarte.
Te odio porque tú ya me olvidaste
Te odio porque me creo tus excusas.
Te odio porque quiero creérmelas.
Te odio porque prefiero pensar que no "puedes" a pensar que no quieres.
Te odio porque ya has elegido.
Te odio por no haber apostado por mí.
Te odio por anteponer lo absurdo a tus deseos.
Te odio por querer lo mismo que yo y darme la mitad.



¡Qué difícil es decir adiós sin querer despedirse! Tras un viaje que empezó hace poco más de seis años tengo que dejarte atrás y ver como te alejas poco a poco sin poder pedirte que no te vayas. Este es el único remordimiento que tengo: no haber tenido el valor salir a buscarte en ningún momento durante todo este tiempo. Y es que la incertidumbre es mayor tratándose de ti porque, a pesar de conocer tus reacciones, tengo miedo de cualquier respuesta. Una negativa es la punzada más dulce que podría recibir de ti. Pero un sí es un imposible sin el cual he aprendido a vivir.

Por eso nunca he salido a buscarte y siempre me he quedado en el sitio viéndote marchar. Luego, los tres días que siguen a uno de nuestros encuentros, son días como los del sol de medianoche en el norte: estás ahí incluso cuando no quiero que estés. Son días de lágrimas dulces y sonrisas entre llantos.

Quizás esta vez tarde más en volver a la normalidad porque, en vez de vivir con tu recuerdo, tendré aprender a no sonreír y a no llorar cuando me vengan a la mente nuestras conversaciones, nuestras caricias o nuestras sonrisas de buenos días.

Como toda despedida, esta es triste. Pero a diferencia de otras, esta no es amarga, a pesar de tratarse de un adiós y no de un hasta pronto o de un "ya nos veremos". De todos estos recuerdos sellados con un adiós, solo pueden salir sonrisas y ese brillo en los ojos que sale cuando te veo llegar y cuando te recuerdo. Y, aunque nunca llegaras a pasar de la puerta de entrada, te echaré de menos en cada habitación de mi memoria. Sin embargo, creo que lo más difícil es echar de menos a alguien que nunca estuvo del todo aquí. Nos acostumbramos a una situación que suele durar semanas y nosotros la alargamos durante años. Y ese "no sé qué" no se definió por miedo a perder lo poco que nos disfrutábamos el uno al otro.

Y aunque ya me esté arrepintiendo de haberte dejado marchar, créeme que renunciar a ti no es un acto de valentía como tú dijiste: es más bien todo lo contrario. Te he dejado marchar porque me daba miedo salir corriendo tras de ti y pedirte que te quedaras conmigo aunque solo fuera para revolver mi mundo en una noche.

Thursday, March 08, 2012

ya nos veremos

Me despiertan los turistas madrugadores que pierden el avión. Trajín en el pasillo y voces desconocidas. Te oigo respirar y recuerdo dónde estoy y cómo llegué aquí. Duermes plácidamente a unos centímetros de mí. A pesar de conocerte desde hace tiempo, nunca te había tenido así, durmiendo a mi lado. No puedo verte, pues es de noche y no hay nada de luz, pero te oigo y sonrío.

Me pongo a pensar en todo lo que nos ha llevado a compartir habitación, cama, secretos y algún que otro sentimiento. Son seis años de un no sé qué, que solo ha hecho que aumentar hasta traernos a este lugar. Me doy cuenta de que nunca llegaste a entrar, pero nunca te fuiste del todo: te quedaste ahí, en una especie de limbo entre el sí y el no del que nunca te has movido.

Tengo ganas de acariciarte pero me da miedo despertarte. Te miro y vuelvo a sonreír. Me descubro a mí misma sonriendo como una tonta al ver que duermes junto a mí. Me gustaría tener derecho a estar entre tus brazos sin ningún pero y no quedarme en la cama de al lado porque conmigo no es necesario el romanticismo. Desearía poder escuchar tus buenos días sin que fuera la última vez.

Sí, es la última vez que esto ocurrirá. Así que no quiero olvidar que tus primeras palabras al abrir los ojos son solo para mí. Y aunque sea solamente por esto, ya merece la pena este encuentro, que acabará con un “ya nos veremos” tan indefinido, que me quema por dentro.

Se intensifica el ruido y te despiertas. Quiero abrazarte y darte los buenos días. En un acto inconsciente de valentía te pido que me hagas un hueco y me abrazo a ti. Y por un momento siento que nada malo puede pasarme si me abrazo a ti y saboreo cada segundo que mi cuerpo toca el tuyo para no perder detalle de esto cuando lo recuerde. Me vuelvo a dormir, esta vez entre tus brazos y oigo como sueñas, como lates y como respiras.

Tantas veces deseé que llegara este momento que ahora solo quiero que se pare el tiempo y que estas horas de locura prohibida sean eternas. Por eso me cuesta salir de la cama cuando me dices que tienes tantas cosas que hacer. Me levanto de un salto a pesar de mi cansancio y me visto como si nada hubiera pasado, como si no fuera la mujer más feliz de la tierra. Me maquillo y nos vamos a desayunar.

¡Qué curiosa escena! Dos cafés, dos pastas, dos periódicos y silencio. Sin entender muy bien por qué, los últimos minutos de nuestra “última vez”, me relajo leyendo el periódico delante de ti, como si esto sucediera a menudo; y me siento increíblemente cómoda hasta que tenemos que irnos. Es entonces cuando intento alargarlo todo lo posible y me subo en tu moto para que me lleves a casa. Y es a la hora de despedirnos cuando se me cae el alma a los pies viendo cómo te marchas después de haberme dicho “ya nos veremos”.

Friday, February 24, 2012

Como siempre

Como siempre, después de verte, me paso un tiempo con ese dichoso "¿y si...?" metido en la cabeza. Como siempre, esta vez me recordaste lo que no pasaría nunca y lo sellaste con un beso. Y como siempre, una vez más, deseo hacer caso omiso a tus palabras, que solo aparecen cuando yo no estoy. Quiero salir a buscarte y dejar de oír que no puede ser.

Como siempre, acabo esperando a alguien que no vendrá aunque quiera. Siento que hago algo malo al recordarte, cuando lo único que quiero es eliminar ese gran pero que me impide querer lo que quiero. Sigo con mi vida y te busco en todos los rincones, soñando con encontrarte en un bar o con reunir el valor necesario para volver a dar un primer paso que terminará en un pero.

Como siempre, tengo una página en blanco con tu dirección, que espera que la llene de todas estas palabras. Y, como siempre, acabo escribiendo en un blog que no lees para que, al menos una vez al año me sigas regalando el mejor motivo para sonreír: tú.



Friday, July 29, 2011

ganas de ti

Salgo del metro y me planto en el centro del país. Turistas por todas partes buscan la típica España. Hago caso ajeno y sigo mi camino. Ese gran neón de publicidad conocido por todos queda a mi espalda y las calles comerciales, a mi derecha. Camino como si estuviera en mi casa. Sé lo que encontraré en cada momento y en cada lugar. Un restaurante de comida rápida a la izquierda, varias tiendas de souvenirs a los dos lados, un museo del jamón a la derecha y un señor vestido de torero cerca de la tienda de chocolates belgas.

Luego, un arco presenta una pequeña parte de ese bello lugar histórico que consigue embelesarme. Lo atravieso embobada mientras dejo de oír las voces de los turistas, llegados de lugares diferentes. Y ahí, en mitad de los restaurantes para turistas, de los bufones y estatuas que entretienen a los que pagan, me encuentro yo: callada pero con la boca abierta, con los ojos empañados de recuerdos y ese color granate por todas partes. Miro las caras de todos los que están cerca de mi. Ninguno eres tú.

Algo me impide caminar y dejar este lugar mágico. Me resulta encantador encontrar la paz en mitad de tanto jaleo y me duele no verte entre tanta gente. Dejo atrás tan bella plaza y me dirijo al mercado que está justo al lado. También te busco ahí; en vano. El calor del verano, las terrazas repletas de gente hablando alto y los culitos de cerveza encajan perfectamente en esa pequeña plaza. Y tú, sigues sin aparecer.

Dejo el mercado y el jaleo de media tarde y llego a una calle peatonal llena de tiendas. ¡Cuántas veces hamos pasado por aquí! Te busco aquí con más ahínco pero sigues sin aparecer. Me cansa esta ciudad sin ti. Bajo las escaleras del metro, línea 5. Quiero perderme entre la gente. Busco una calle ancha llena de turistas y gente: una Gran Vía. Salgo del metro y me pongo a mirar escaparates, con la ropa olvido que te busco y que tengo ganas de verte aunque no sé qué decir. Me pruebo cuatro tonterías sin comprar nada. Dejo los cines a mi espalda. A mi derecha, la calle de las putas.

Andando a paso ligero me presento bajo la bella victoria alada que vigila el hermoso cruce de dos de las arterias del centro. A la derecha un círculo, viejo conocido, con la gran Atenea velando por el cielo de Madrid. Delante, una pequeña representación de mi casa. Y a la izquierda un imponente pero hermoso Instituto Cervantes. Después de unos cuantos pasos, un enorme edificio de correos que no consigue hacer sombra a la diosa más castiza. Una avenida hacia el sur con mucho arte; otra hacia el norte, repleta de recuerdos.

Me entra la nostalgia. Te siento, te recuerdo en cada rincón, pero no te veo por ningún lado. Entre la decepción y la añoranza, me dirijo hacia esa puerta que ve pasar el tiempo y me acerco al parque. Voy a sentarme y a echarte de menos bajo la sombra de un árbol. Sienta muy bien esconderme detrás de un libro y no ver nada más que nuestros cuerpos tumbados en el césped de este mismo parque, hace mucho tiempo. Me levanto harta de la lectura y busco más recuerdos. Un bucólico palacio de cristal lleno de parejitas y familias me recuerda a ti. Te busco con la mirada entre la gente, pero sigues sin aparecer.

No dejo de buscarte en todas partes pero no tengo valor para encontrarte porque temo tener ganas de ti, ahora que ya no estás. Madrid es solo una ciudad si tú no estás y un paseo en soledad buscándote me deja sin ganas de seguir andando. Me siento en el césped y, aunque no estás, tengo ganas de ti.

Wednesday, May 25, 2011

Poitiers

Tal vez sean las noches de calor insoportable o los mosquitos, que aquí pican más. Quizás se trate de la contaminación y la monotonía de mi vida sin ti. No sé qué es lo que hace que de repente me sienta extraña en mi casa y bien en tu recuerdo. Lo cierto es que me molesta el ruido de mi ciudad natal, prefiero tu silencio y tus formas abruptas sin mar. Echo de menos caminar y llegar a algún lado, oír los susurros de tu gente, que de tan civilizada que es, a penas levanta el tono de voz.

Tal vez lo que más me impresiona de ti es tu dulce hostilidad: si fueras una persona, serías una mujer bella con carácter que no se deja toser por nadie y por eso me gustas. Eres fría en invierno y me derrites en primavera, abrupta y difícil de pasear, pero bella a más no poder. Por eso me encantaba descubrirte, ver como te vaciabas con la nieve y como te disfrutábamos con el sol.

Recuerdo con especial cariño tus colores otoñales: fueron 3 semanas de moisaicos rojizos y anaranjados que acompañaban tus frías aguas. Recuerdo también los domingos desiertos en la plaza buscando algo que hacer o las noches de fiesta: siempre el mismo bar y la misma gente. Eso hizo que tú fueras mi casa y que ellos fueran mi familia.

Volvería sin pensarlo dos veces a tus cuestas, a tus casitas de colores y a tus calles desiertas. Daría mis ganas de sonreír por poder habitarte de nuevo porque sé que no podría ser infeliz en tu regazo ducle, frío y hostil. Te pasearía hasta que me aburrieras y me quedaría contigo porque tú haces que me sienta en casa. Y aunque no tengas mar, ni metro ni ruido excesivo, eres más bella que cualquier otra.

Wednesday, March 09, 2011

Barcelona+tú

Cuando, dentro de unos meses, nos encontremos por casualidad en la esquina de tu casa, sonreiremos, nos contaremos un par de cosas de nuestras experiencias fuera de Barcelona y seguiremos con nuestro camino como si nada hubiera pasado. Sabes tan bien como yo que al llegar a casa, ese encuentro nos hará pensar, aunque sean unos segundos, en el otro. Como siempre, no dejaremos nuestra rutina ni nuestra vida por hacerle un hueco al otro, pues esta es la gracia de nuestra historia, estar ahí sin tener un sitio fijo: irnos, volver, besarnos a escondidas y despertanos a la mañana siguiente como si nada hubiera ocurrido.

Sin embargo, habrá un día en que todo esto terminará, por eso valoro ese último beso en el parque, porque no sé si habrá otro. En cuanto eso ocurra, dejarás de deambular libremente por mis pensamientos y te quedarás con los recuerdos más bellos. No te preocupes: no habrá polvo en esa habitación, ni vida ni luz ni nada más que bellos recuerdos que deben quedar inmaculados, tal y como sucedieron en su día, sin enturbiarse lo más mínimo. En esa habitación habrá una Barcelona de noche y de verano, una Barcelona adolescente y un trozo de Londres soleado. También meteré las ganas que un día tuve de cruzar el límite de los sentimientos: esa pequeña muralla que tenía que ser una barrera de seguridad y que terminó siendo una tentación, un juego peligroso en el que tenía un pie en cada lado y que me permitía sentir sin decírselo a nadie.

Ese es tu destino. Aunque volvamos a vernos y a jugar a no sentir sintiendo, solo añadiré Barcelonas a tus recuerdos.