Algún día te
gritaré lo que nunca me he atreví a susurrarte. Desenterraré nuestras caricias
extraviadas y todas esas palabras bonitas que guardé para cuando quisieras
escucharlas. Desnudaré todos mis silencios acumulados, que acallarán tu dulce
desconcierto. Te oiré rechistar, como al más bello de los gruñones, y besaré
todas y cada una de tus quejas. Y tú volverás a mirarme con esa carita de pena
que sustituye a cualquier palabra.
Ese día saldré a
buscarte a mi manera: abandonaré tus dudas y las mías en la cuneta del no, y
dejaré que mis ganas acaben con todos tus peros.
Recorreré tus miedos con mis labios y, con una caricia, mimaré todos tus
defectos, que para mí siempre fueron virtudes mal entendidas. Y tú, sabiendo lo
que nos espera después, por fin expresarás todo lo que nunca me susurraste:
harás una excepción, porque ambos sabemos que mi sitio no está con tus susurros.
Será entonces cuando nuestros silencios hablen por nosotros. Nos quedaremos
callados mirando a un punto impreciso de la habitación, viendo pasar el tiempo
y evitaremos las palabras que hacen efectivo este adiós. Rindiéndonos a una
evidencia aplastante nos daremos un último adiós. Yo contaré tus lunares por
última vez y tú te dejarás querer con todas las letras, como si lo nuestro
fuera real.
Al día siguiente,
despertaré a tu lado con la luz del sol bañándonos de primavera: sin duda el
más bello de los despertares. Nos besaremos como si fuera una mañana
cualquiera. Pero no lo será. Mientras duermas, recogeré todos mis pedazos y
llenaré una maleta con cristales rotos. Y con una vana esperanza de que vuelvas
a por mí, te dejaré ahí, indiferente, frío y hermoso, como has sido siempre. Me
alejaré difuminando tu imagen con los ojos empapados y saldré de tu vida
cerrando por fuera. Luego me esconderé en otros ojos, menos azules, que tendrán
la paciencia de volver a pegar todos mis pedazos.

No comments:
Post a Comment