Wednesday, July 04, 2012

Te odio por no poder quererte.
Te odio por tu falta de valor.
Te odio por mi exceso de obediencia.
Te odio porque nunca estás del todo y porque nunca acabas de irte.
Te odio porque no me dejas sentir.
Te odio porque no te dejas sentir.
Te odio por no estar cuando te necesito y por no estar cuando quiero verte.
Te odio por desaparecer con preaviso.
Te odio por aparecer de repente.
Te odio por desaparecer sin más y por no dar señales de vida.
Te odio porque tu sonrisa me deja sin aliento
Te odio porque la mía te da igual.
Te odio porque vives en Barcelona.
Te odio porque yo me iré.
Te odio porque generas en mí ganas de verte y ganas de olvidarte.
Te odio porque tú ya me olvidaste
Te odio porque me creo tus excusas.
Te odio porque quiero creérmelas.
Te odio porque prefiero pensar que no "puedes" a pensar que no quieres.
Te odio porque ya has elegido.
Te odio por no haber apostado por mí.
Te odio por anteponer lo absurdo a tus deseos.
Te odio por querer lo mismo que yo y darme la mitad.



¡Qué difícil es decir adiós sin querer despedirse! Tras un viaje que empezó hace poco más de seis años tengo que dejarte atrás y ver como te alejas poco a poco sin poder pedirte que no te vayas. Este es el único remordimiento que tengo: no haber tenido el valor salir a buscarte en ningún momento durante todo este tiempo. Y es que la incertidumbre es mayor tratándose de ti porque, a pesar de conocer tus reacciones, tengo miedo de cualquier respuesta. Una negativa es la punzada más dulce que podría recibir de ti. Pero un sí es un imposible sin el cual he aprendido a vivir.

Por eso nunca he salido a buscarte y siempre me he quedado en el sitio viéndote marchar. Luego, los tres días que siguen a uno de nuestros encuentros, son días como los del sol de medianoche en el norte: estás ahí incluso cuando no quiero que estés. Son días de lágrimas dulces y sonrisas entre llantos.

Quizás esta vez tarde más en volver a la normalidad porque, en vez de vivir con tu recuerdo, tendré aprender a no sonreír y a no llorar cuando me vengan a la mente nuestras conversaciones, nuestras caricias o nuestras sonrisas de buenos días.

Como toda despedida, esta es triste. Pero a diferencia de otras, esta no es amarga, a pesar de tratarse de un adiós y no de un hasta pronto o de un "ya nos veremos". De todos estos recuerdos sellados con un adiós, solo pueden salir sonrisas y ese brillo en los ojos que sale cuando te veo llegar y cuando te recuerdo. Y, aunque nunca llegaras a pasar de la puerta de entrada, te echaré de menos en cada habitación de mi memoria. Sin embargo, creo que lo más difícil es echar de menos a alguien que nunca estuvo del todo aquí. Nos acostumbramos a una situación que suele durar semanas y nosotros la alargamos durante años. Y ese "no sé qué" no se definió por miedo a perder lo poco que nos disfrutábamos el uno al otro.

Y aunque ya me esté arrepintiendo de haberte dejado marchar, créeme que renunciar a ti no es un acto de valentía como tú dijiste: es más bien todo lo contrario. Te he dejado marchar porque me daba miedo salir corriendo tras de ti y pedirte que te quedaras conmigo aunque solo fuera para revolver mi mundo en una noche.