Sunday, September 21, 2008

sentir-se gran

Quan tot l'extern fa que hom se senti gran, s'engega la maquinària de l'amor propi que abans restava adormit. Si hom és petit és perquè vol, perquè s'hi sent i no veu més enllà d'allò que el fa sentir-se petit. Quan la companyia no acompanya, l'ajut no ajuda i la vida no es viu, tots som tan petits... En canvi, quan algun fet extern activa l'engranatge de l'amor propi, tots ens agradem, no ens sentim grans, sinó que ho som i a més, de veritat.

Però com tot, si la maquinària no s'alimenta d'una força, s'atura. I en aturar-se es torna a la mida mínima, petita, insignificant i vulnerable, com un granet d'arròs. I és que resulta tan inestable que el rendiment de la màquina balla entre els límits que s'estableixin per la pròpia persona. A mesura que els límits s'eixamplin més, l'amor propi i el creixement anirà d'extrem a extrem, mentre que si els límits s'escurcen passa tot el contrari.

Cal doncs, sentir-se gran, activar aquesta maquinària fins al punt de deixar de sentir-se gran per ser-ho de veritat, i procurar que la màquina no s'aturi mai, per poder fer un repàs de tots els moments i mirar-los sense acotar el cap i amb l'orgull de poder dir que hom se sent i és gran.

Tuesday, September 16, 2008

Cuando las palabras sobran

Por fin ha llegado el momento, se adivina su silueta a lo lejos, esa odiosa idealización que le hace parecer perfecto a sus pequeños ojos brillantes. Poco a poco aparecen los detalles del rostro: unos ojos pequeños, el color rosado de sus mejillas y esa tímida sonrisa, pequeña y sincera que no puede esconder la alegría que siente él al verla de nuevo.

El aeropuerto está lleno de gente que está inmersa en sus cosas, caminando como máquinas, todos hacia su destino, sin detenerse por pequeñeces mínimas. Entre la multitud ella levanta el brazo sin esconder el brillo de sus ojos que nace gracias a esa pequeña sonrisa que hacía tanto que no veía.

Y al fin se encuentran. Ella llegaba en el avión pensando en todo lo que le diría y ahora no puede articular ni una palabra. Algo parecido le pasa a él: le da miedo hablar. No es necesario estropearlo todo con palabras. Llegar allí y tener la seguridad de que esos ojos solo brillan por ella, es mejor que un "te he echado de menos". No hablarán. Para ambos las palabras se han agotado. Las interminables horas de pensar el uno en el otro y el otro en el uno, han acabado con todas las ganas de hablar.

Sólo se mirarán con una sonrisa de oreja a oreja y los ojos lloroso por la emoción, pero nada de hablar, al menos durante los segundos posteriores al reencuentro. Después, romperán en hielo con algo como: "¿qué tal el viaje?" y ambos mantendrán el contacto visual para no estropear el momento con palabras innecesarias.

No hará falta decir que él la ha esperado ni que ella ansiaba abrazarlo hasta que le dolieran los músculos de tanta fuerza. No se dirán que se quieren ni que no pueden vivir el uno sin el otro. Las palabras están de más y el silencio es cómodo para ambos porque a través de él están seguros de decir todo lo que quieren sin peligro de equivocarse, porque cuando las palabras sobran ellos aprenden a hablar en silencio sin olvidar nada que quede por decir.