Cuando esos ojitos rasgados me
miran de cerca, me dejan desprotegida, vulnerable ante ti, temiendo tu
indiferencia. Será el azul oscuro que rodea tus pupilas, el que me embelesa y
me deja sin palabras, o tal vez sea esa mirada que cuenta más de lo que tú
querrías.
Te difuminas con el barullo de
las risas ajenas y el ir y venir de las copas. Y solo de vez en cuando veo que
tus ojos me buscan y tú me sonríes sin decir nada. Mi orgullo te devuelve la
sonrisa a regañadientes y me baja la mirada; y es que, a pesar de querer
corresponderte, me aterra que sepas el efecto que ese gesto produce en mí. Me
protejo de tu mirada con el humo del tabaco y sigo charlando como si no
estuvieras, pero sin dejar de verte. Pienso en las ganas que tengo de quedarme
a solas contigo por un capricho del azar y me da miedo no saber qué decir. Yo,
locuaz y habladora, temo quedarme sin palabras por miedo a decir banalidades.
Cuando terminan las risas, tus
ojos me encuentran y empiezas a hablarme. Sonríes de esa manera tan tuya:
aprietas los labios y tus ojos se entornan sin dejar de brillar. Y yo,
indefensa, te devuelvo mi sonrisa más sincera, que también cuenta más de lo que
yo quiero decir. “Por fin, un momento solos”, pienso. Tu cara parece decir lo
mismo cuando te acercas a mí y me invitas a una copa. Tras un roce breve, una
sonrisa y un trago de vino me propones que me quede esta noche. Es entonces
cuando me maldigo porque tu sonrisa me ha ganado la batalla de esta noche,
porque de mi boca ya no puede salir un no.
Una vez perdida la batalla me
entrego a ti y me pierdo entre tus brazos. Tú me miras a los ojos y te hundes
en mí, sabiendo que no opondré ninguna resistencia al dulce peso de tu cuerpo
sobre el mío. Es entonces cuando se produce ese combate cuerpo a cuerpo.
Nuestro particular uno contra uno desentierra la batalla y, de la manera más
contradictoria, nos unimos mientras luchamos por no caer en las garras del
otro: una nueva guerra cariñosa y violenta que mezcla mis ganas y mis miedos y
nuestra batalla particular para gustar más al otro. Tras apuntarse cada uno una
victoria, me besas y me dejo ganar. Me proteges con el calor de tus brazos y me
duermo tranquila, pensando que no me puede ocurrir nada, y obviando que el que
me protege solo está de paso.
El sol y los pájaros nos
despiertan. Con la luz que entra por la ventana me doy cuenta de que eres
pecoso. Tentando a la suerte, miro como duermes e intento no sonreír. Tú me
abrazas y sonríes, a pesar de ser de los que se levantan de mal humor. De nuevo
me rescata el orgullo y me invento mil cosas que hacer; me quedaría en esa cama
todo el día pero me iré en cinco minutos.
Al cruzar la puerta de la calle
vuelvo a la normalidad y cuento los días para volver a dejarme ganar.
