Por fin ha llegado el momento, se adivina su silueta a lo lejos, esa odiosa idealización que le hace parecer perfecto a sus pequeños ojos brillantes. Poco a poco aparecen los detalles del rostro: unos ojos pequeños, el color rosado de sus mejillas y esa tímida sonrisa, pequeña y sincera que no puede esconder la alegría que siente él al verla de nuevo.
El aeropuerto está lleno de gente que está inmersa en sus cosas, caminando como máquinas, todos hacia su destino, sin detenerse por pequeñeces mínimas. Entre la multitud ella levanta el brazo sin esconder el brillo de sus ojos que nace gracias a esa pequeña sonrisa que hacía tanto que no veía.
Y al fin se encuentran. Ella llegaba en el avión pensando en todo lo que le diría y ahora no puede articular ni una palabra. Algo parecido le pasa a él: le da miedo hablar. No es necesario estropearlo todo con palabras. Llegar allí y tener la seguridad de que esos ojos solo brillan por ella, es mejor que un "te he echado de menos". No hablarán. Para ambos las palabras se han agotado. Las interminables horas de pensar el uno en el otro y el otro en el uno, han acabado con todas las ganas de hablar.
Sólo se mirarán con una sonrisa de oreja a oreja y los ojos lloroso por la emoción, pero nada de hablar, al menos durante los segundos posteriores al reencuentro. Después, romperán en hielo con algo como: "¿qué tal el viaje?" y ambos mantendrán el contacto visual para no estropear el momento con palabras innecesarias.
No hará falta decir que él la ha esperado ni que ella ansiaba abrazarlo hasta que le dolieran los músculos de tanta fuerza. No se dirán que se quieren ni que no pueden vivir el uno sin el otro. Las palabras están de más y el silencio es cómodo para ambos porque a través de él están seguros de decir todo lo que quieren sin peligro de equivocarse, porque cuando las palabras sobran ellos aprenden a hablar en silencio sin olvidar nada que quede por decir.
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